El tan odiado y querido viento que sopla en Cádiz,
el Levante, es un elemento innato a la zona y, cuando sopla, sólo
los windsurfistas saltan a desafiarle. De todas formas, las playas y
los pueblos están acostumbrados a su devenir y excepto en Tarifa,
donde entra de lleno, en los demás sitios sólo acaricia
y deja sentir su presencia. El viaje puede arrancar desde la capital,
Cádiz. Su magia agarra tanto que merece una escapada especial.
A 22 kilómetros de ésta, y por la carretera N-340, se
llega a Chiclana
de la Frontera. Sus orígenes son tan remotos que se pierden
en el tiempo, pero los fenicios ya se ocuparon de dejar muestras de
su presencia en Sancti Petri,
donde pescaban el atún con el antiguo sistema de la almadraba,
y donde construyeron una importante factoría de conservas atuneras.
Del pueblo sobresale la ermita de Santa Ana, la iglesia de Jesús
Nazareno, de estilo barroco, la de San Juan Bautista, una de las muestras
más representativas del neoclásico gaditano, y las capillas
del santo Cristo, de principios del siglo XVI. Chiclana es y ha sido
un pueblo pescador y agricultor pero, ya hace algún tiempo, el
turismo lo ha sacado de la vida austera, aunque alegre, que tenía.
A orillas de su playa, la de la Barrosa (de ocho kilómetros de
extensión) ha tenido lugar la reciente construcción de
un gran complejo turístico, Novo Sancti Petri, una urbanización
muy discreta y con excelentes instalaciones. Antes de continuar nuestro
recorrido marinero nos podemos desviar por la C-346 e ir a parar a
Medina
Sidonia, en plena ruta del toro. El casco antiguo, declarado
Conjunto Histórico-Artístico, está alzado en una
loma y por ella transcurren empinadas calles. No se pueden negar las
huellas árabes que aún conserva: las puertas de la Pastora,
Belén y del Sol abrían y cerraban el recinto amurallado
musulmán que la defendían. También se puede visitar
la iglesia de Santa María Coronada, de estilo gótico (siglo
XVI), la iglesia de Santiago, de rasgos mudéjares y, por último,
la ermita de los Santos, de origen visigodo. Conil
de la Frontera es nuestro próximo destino, una mezcla
perfecta entre los pueblos blancos y las poblaciones de pescadores de
la costa gaditana. Sus fachadas están enlucidas, sus calles son
empinadas y sus plazas luminosas. Huele a pescado fresco, a salitre
y a mar. Los monumentos más interesantes son la iglesia de Santa
Catalina y el Convento de la Victoria, de estilo barroco. Pero no hay
que pasar por alto sus playas: la de Bateles, la Fuente del Gallo, la
Fontanilla y la de Roche. Lenguas de arena solitarias, limpias, con
algún chiringuito y pocas construcciones. Una delicia. Vejer
de la Frontera se ve desde lejos. Es una auténtica atalaya
donde contemplar la costa entre Cádiz y Tarifa. Presume de ser
el pueblo más árabe de la provincia, y su historia y arquitectura
lo confirman. El blanco de sus casas emborracha. De la blancura se encarga
el Ayuntamiento y todos sus habitantes, que no dejan que ni una tizna
manche su título de Monumento Histórico-Artístico
y el premio Nacional de Embellecimiento y Mejora. Los árabes
la llamaron Bekkeh, para pasar a denominarse, tras la conquista de Alfonso
X el Sabio en 1264, Vejer de la Miel, por la cantidad de colmenas que
tenía. Arcos encalados comunican calles y plazas y conserva gran
parte de las murallas que la circundaban, que todavía soportan
tres torres y cuatro puertas. Pero tiene más tesoros que descubrir:
el Convento de las Monjas Concepcionistas y el Santuario de Nuestra
Señora de la Oliva, patrona muy querida de la ciudad, sin olvidar
los molinos de viento, de interés etnológico por su curioso
y ancestral sistema para moler grano. De sus fiestas hay que contar
que el domingo de Resurrección sueltan al toro embolao por sus
estrechas calles. A principios de mayo se celebra la feria de la primavera,
aunque su fiesta más querida es la Romería al Santuario
de Nuestra Señora de la Oliva, que se encuentra a cinco kilómetros
del pueblo. A tan sólo 10 kilómetros, y ya en plena costa
Atlántica, se encuentra Barbate, un diminuto pueblo de pescadores
que conserva la antigua industria del salazón y el sistema romano
de la almadraba para la pesca del atún, siendo éste el
rey de su gastronomía. Su mayor atractivo son sus playas: la
del Carmen y la de Yerbabuena, próximas al centro y, sobre todo,
la de Caños de Meca, con sus acantilados, grutas naturales y
manantiales de agua dulce. La carretera N-340 continúa hacia
Zahara de los Atunes. La mezcla de los
colores de los campos verdes, de la arena blanca, y del agua azul inspiraron
a Alberti y a Pemán en sus maravillosos poemas sobre esta provincia.
Zahara también cuenta historias sobre sus influencias romanas
y árabes. Su castillo servía para cobijar a la población
cuando los berberiscos atacaban estas costas y para guardar los enseres
de la almadraba. Hoy el pueblo está compuesto por unas cuantas
casas, una iglesia de cal y una espléndida playa. Antes de llegar
a Tarifa, el punto más meridional de toda Europa, frente a las
costas de Africa, debemos parar en la playa de Bolonia: salvaje, amplia,
limpia, preciosa. Hay algunos chiringuitos que desde marzo sacan sus
sillas frente al mar, y la comida, bastante buena por cierto, se convierte
en el mejor acontecimiento que te puede pasar. Por fin llegamos a Tarifa.
Aquí la vida se mueve al ritmo del viento, y es uno de los puntos
claves dentro del calendario mundial de los campeonatos de windsurf.
Entre los habitantes destacan, fornidos y morenos, deportistas de todas
las nacionalidades. Antes de regresar, tenemos que darnos cuenta de
lo cerca que se encuentra la costa africana. A pocos kilómetros
está el Mirador del Estrecho donde, en los días claros,
parece que se puede tocar el otro continente. Es una vista espectacular.
Vestigios árabes, ruinas romanas, playas solitarias y pueblos
blancos. Buena gastronomía y excelentes excursiones.